jueves, 13 de septiembre de 2012

Goya, ciudad de la Mesopotamia argentina...

GOYA, ciudad de la Mesopotamia argentina, comenzó a agrietarse, desde la orilla del Paraná en dirección de su centro. Mi ciudad natal estaba siendo víctima de un fenómeno natural atípico a su orografia, tanto o más que la legendaria premonición de que su destino es desaparecer bajo las aguas como una nueva Atlántida.
En el sueño éramos pocos los que sabíamos de este suceso. Y entre estos pocos no había alguna forma de manifestación histérica. Ni siquiera signos de resignación estoica. Como si de tan remanido, el fatalismo de su premonición se había hecho carne, y, en forma simultánea, cauterizado, sin tiempo para lamentos.
Inmensos trozos de la ciudad se desplazaban bajo las aguas turbulentas de un Paraná oscuro y mas expectante que bravío, como si fuera una inmensa bestia prehistórica devorando minuciosa y sin prisa una presa largamente esquiva.
Mi casa, de pronto lindaba con las aguas. Era el próximo bocado. Preventivamente había alejado del lugar mis hijos, niños en el sueño, y a mi pareja en edad en correspondencia con la de sus hijos. Pensé en mis escritos, toneladas de papeles condenados al naufragio. No me preocupé tanto en ellos como en pequeños
amuletos de la vida cotidiana. Por otra parte ya era tarde para el rescate. En un curioso acto de ingenuo voluntarismo me aventuré hasta una placa que se había desplazado hacia las aguas. La placa se desprendió, manoteé unas hierbas y logré treparme a lo que de tierra firme tenía a la vista. En todo esto no había angustia ni miedo a morir, lo que me hace pensar que así debe ser el fatalismo de los guerreros heroicos, de los suicidas y de los enamorados…
No le buscaré explicaciones a este sueño. No porque no los tenga, porque sean múltiples, o por temor a descifrar sugestiones indeseables.
Goya ha estado varias veces en estado de emergencia por las periódicas crecidas del Paraná. La última vez fue en el año 1982. El trabajo mancomunado de los goyanos no permitió que las aguas del río les robaran sus sueños de prosperidad.
Soy de aquellos que consideran los sueños como una prolongación natural de la realidad, en un estadio intermedio entre lo amoral y un apego sonambulario a las leyes que rigen la naturaleza...
De modo que mi sueño como tal no es el sueño de la razón.
Los monstruos reposan en otro lugar.

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